En la actualidad vivimos en un mundo en el que constantemente estamos conectados a nuevas tecnologías, lo que hace que la mente, nuestros pensamientos y emociones se vayan esparciendo, y eso nos puede hacer sentir nerviosos, estresados, incluso ansiedad.

Por eso, es tan importante practicar Mindfulness la atención plena, un estado en el que uno se hace consciente de una experiencia presente respondiendo a esta experiencia sin juzgarla, un estado de atención que se puede cultivar y entrenar.

La atención plena es una herramienta de Mindfulness para entrenar y cultivar nuestra mente a estar completamente presente en cada una de las experiencias en el momento presente que suceden.

Practicar la atención plena nos lleva a una sensación de equilibrio y bienestar psicológico.

Para cultivar y practicar la atención plena, esforzarse para crear un estado de ánimo concreto como la relajación, no es necesario.

La práctica consiste sencillamente en ser consciente de cada pensamiento, sentimiento o sensación que percibimos en el momento presente, dejando que cada sensación, pensamiento o sentimiento suceda sin reacción, juicios o apego.

Una práctica que puede parecer sencilla, y que puede al mismo tiempo ser desafiante y transformadora. Por norma nuestro modo habitual de ser suele consistir en reproducir escenas vividas de nuestro pasado y planificar nuestro futuro.

En la disciplina budista, Mindfulness y la compasión están considerados como las dos alas del pájaro de la sabiduría, imprescindibles para poder volar, por ello se practican de forma conjunta ya que se complementan y se refuerzan mutuamente.

El mindfulness es necesario para practicar la compasión, para poder tomar conciencia del sufrimiento propio y del de los demás, sin apego o rechazo, ni juicio, para sentir compasión hacia la persona que está sufriendo.

Diferencias entre ambas prácticas

Existen grandes diferencias entre ambas prácticas, centrándonos en la psicobiología que da pie al mindfulness y la compasión.

Los procesos mentales que están más vinculados al mindfulness generan una forma de metacognición y regulación de la atención, pero, la compasión es mucho más ancestral, pues involucra sustancias como la oxitocina además de otras hormonas relacionadas con el sentimiento de apego seguro, y a sistemas y redes neuronales relacionados al amor y la afiliación.

Pero, por encima de todo, para realizar las prácticas de compasión hacen falta unos niveles mínimos de atención que nos proporciona la práctica del mindfulness.

Pero, cuando se asocian las dos prácticas, la terapia de compasión aporta al mindfulness la conjugación con los procesos mentales que están detrás del compromiso social para intentar que el mundo sea mejor, y del compromiso individual y personal de establecer vínculos de apego y afecto en los momentos en los que sufrimos.

La compasión es un concepto más amplio que el de mindfulness. Los estudios señalan la posibilidad de que sea un tratamiento más efectivo que el mindfulness en algunos trastornos como la depresión, la culpa, la autoimagen, la autocrítica y las terapias centradas en aumentar el bienestar psicológico en personas sanas.

Puede parecer paradójica la experiencia de la autocompasión, ya que, por un lado se experimenta el sufrimiento presente con aceptación, a la vez que se pretende disminuir el sufrimiento futuro.

Ambos objetivos son complementarios, pues el primero la aceptación mindfulness de la experiencia del sufrimiento es el reconocimiento natural del ser humano. El segundo es el camino de la compasión a seguir ante la realidad del primero.

La compasión es la delicadeza con el sufrimiento mismo y del ajeno. Su objetivo va más allá de la comprensión, por ello moviliza a la persona hacia el compromiso de aliviar y prevenir dicho sufrimiento.

La compasión aún siendo necesaria, socialmente no está muy bien vista. Para una mayoría despierta emociones contradictorias y se convierte en un sentimiento nada grato.

Al rechazar la posibilidad de sentir la compasión en primera persona y que los demás la sientan también, se priva a la persona de una herramienta básica para su equilibrio emocional.